jueves, 22 de abril de 2010

Ernesto, querido.


No todo hombre es dotado de la cualidad de poder hablar y hacerte sentir única. No todo hombre es capaz de enamorarte con un simple gesto. Pero él, si lo es. Es el prototipo de persona que cualquier mujer buscaría. Y nadie mejor que yo para buscarlo. No es solamente su forma de ser, tan llena de galantería, sino la cantidad de cosas que ambos tenemos en común. Lo conocí a raíz de mi abuelo –Cacho-, no son íntimos amigos, pero se conocen lo suficiente. Una vez lo encontré en casa de Cacho, con su pinta tan antigua pero a la vez moderna, con esa mirada tan penetrante y observadora. Algo que aprendí después de verlo reiteradas veces, es que los escritores son y deben ser muy observadores. Él estaba siempre atento de todo, sabía exactamente cuando estaba triste, cuando estaba confundida, cuando estaba contenta.

Lo más llamativo de nuestra relación, es la diferencia de edad que tenemos, ochenta y dos años exactamente es lo que me lleva, y cuando hablo de relación, no hablo sobre una relación amorosa, él esta perdidamente enamorado de Matilde, su esposa. Yo le daría el título de padre –persona afectiva ausente en mi vida-, también diría que él es mi musa y yo soy la suya.

“Como me gusta tu mirada” me dijo una vez mientras tomábamos el té, en su casa de Santos Lugares, más específicamente en el jardín. Mario, su hijo, no se siente muy cómodo cuando lo va a visitar y me ve allí. Digamos que, con él también me llevo varios años, pero no le gusta la idea de que su padre se vea con una niña de mi edad. No soy una niña, tengo quince años, y desde que conocí a Ernesto, me he vuelto una mujer. “Ojala puedas triunfar en tu vida, te lo mereces” agregó después de tomar un sorbo del té de hierbas que tanto le gustaba que le hiciera. Le sonreí con cierta timidez y me levanté para adentrarme a su casa.

Me sentía como en mi casa ahí mismo, no se si era la calidez que Ernesto brindaba, o el hecho de que pasaba más tiempo ahí que con mi propia madre. Intenté, con las pocas fuerzas que tenía, trasladar la antigua radio que tenían en su sala de estar, hacia el jardín. Apreté el botón de encendido, y nuestros oídos fueron inundados por una de las más bellas piezas de Eduardo Falú. Ernesto me miró, y sonrió a la vez. Ahí se marcaba una de nuestras igualdades. Falú había marcado tanto mi vida, mi abuelo – Zbigniew, de procedencia polaca- solía escucharlo con una sonrisa tan encantadora, y los ojos cerrados. Desde entonces, siempre que puedo, a la hora de meditar, lo escucho también. Ernesto lo adora también, es más, cuando se lanzó el disco “Romance de la muerte de Juan Lavalle” con citas de él, usaron a Falú como música de fondo, mostrando la admiración de Ernesto hacia el guitarrista argentino.

“Como me conoces, Carolina” susurró con tanta dulzura en su voz. Si no tendría la edad que tiene, creería que él también está enamorado de mí. Al terminar la canción, le di clic al botón siguiente. “Mamá esta muerta en el ropero…”. Seru Giran. Un clásico. Sonreí al escuchar su melodiosa risa. Sé que esta canción le hace acordar una linda época de su vida. La dejé y me acerqué nuevamente hacia la mesita para tomar asiento. Observé el lugar, los narcisos abundaban en el jardín. Matilde es fanática de los narcisos, hace unos meses le regalé un ramo gigante de narcisos y sentí sus ojos brillar como cuando mira a Ernesto. Sé que se aman más que nada en el mundo; y siento envidia por ellos. ¿Podré yo alguna vez quitar mi corazón del de Ernesto y buscar alguien más adecuado a mi vida? ¿Podré yo vivir, feliz y vieja, junto a un hombre tan respetable? “¿En qué piensas, cariño?” su pregunta no me sorprendió en lo absoluto, él siempre observaba las situaciones. “En la vida” contesté, alzando mis azulados ojos hacia los suyos. “En que será de mi…” y dejé la frase en el aire. No me gustaba hablar de su muerte. Ambos sabíamos que dicha fecha estaba muy cerca, él está por cumplir los noventa y ocho años. Me sonrió afligido. “Tú eres fuerte, Carolina. Yo sé que podrás continuar con la vida” me consoló. Suspiré. Él había sufrido la muerte de su primer hijo, Jorge Federico, hace casi trece años atrás y comprendía mi situación.

Hoy, aquí sentada, tomo papel y pluma. Ernesto, querido. Desplazo mi mano por todo el papel, repasando cada palabra, cada frase, cada párrafo. Describo con total maestría –obtenida gracias a los años que he convivido con mi amado escritor- mis sentimientos hacia él. Le vuelco cada una de las cosas que me suceden cuando esta junto a mí. Expresándole mi amor profundo y eterno, al más grande de mis amores. Ernesto Sabato.


El año pasado (principios del 2009) tuve que hacer una historia real con algún personaje histórico, o al menos, conocido, yo elegí a Ernesto Sábato, y ésto es lo que salió.

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