martes, 28 de septiembre de 2010

Sentimiento egoísta


Aunque sentía la tristeza del lugar,

lágrimas no podía derramar.

Aunque la pobreza me lograba ahuyentar,

de ahí no podía escapar.

Aunque recordara cuantos lujos yo tenía

no hacia nada para cambiar su desdicha.

Como quisiera quitar de mí,

este sentimiento egoísta,

Que evita que yo, las cosas distintas haga.

Como quisiera entender la situación

y así cambiar mi posición.

¿Por qué a mi me toco vivir esta vida,

mientras que a ellos esta otra?

¿Es que acaso así es la cosa?

¿Es que simplemente hay que vivir

para sentir?


Teníamos que usar una foto de las vacaciones de invierno y escribir una poesía de eso. Bueno, nuevamente yo para atrás con la poesía. La foto la saqué en mi viaje de acción comunitaria con el colegio a Santiago del Estero. Para producción literaria. Año 2010.

Soy feliz


Siempre busque un porqué a todo, siempre quise saber porque las cosas sucedían de esta o de esta otra manera. Por eso, creo que cuando escuché una vez a mi mamá decirme “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” me puse a pensar si realmente las cosas me salían mal porque yo siempre así lo había buscado.

Yo no había estudiado para ese examen, yo no me había cuidado cuando salía.

Buscaba el porqué a las situaciones terribles que solían pasarme en la adolescencia (como por ejemplo ¿por qué los chicos la prefieren a ella?), siempre buscaba una explicación a las cosas que creía anormales. ¿Por qué? ¿Qué sentido tenía? Siempre buscaba una explicación, a algo que no me la daría. Las cosas no cambiarían ni dejarían de ser como son simplemente porque yo les buscara un porqué.

Creo que es por eso, que hoy por hoy, me dejo llevar por las situaciones de la vida (ahora si, cosas significantes). Por eso mismo, no me importa si las cosas salen bien o mal. Total, de los errores se aprende. Empecé a buscar otras maneras de solucionar mis problemas, y sí, como dijo mi mamá, encontré resultados distintos.

Soy feliz.


No sé como salió esto, pero era para producción literaria. Año 2010.

Restricción del horario de los boliches


Debido a los constantes problemas y accidentes causados a las salidas de los locales bailables (y porque no también a la entrada) nuestro gobernador Daniel Osvaldo Scioli presentó a la Cámara de Senadores un proyecto de ley. La norma restringe en la Provincia la hora de ingreso y cierre de los locales bailables. Además, se adhiere a la legislación nacional que la venta de alcohol a menores se considera delito. Los límites impulsados dicen que los locales de la Provincia no podrán permitir el ingreso de jóvenes después de la 1 de la madrugada y que la venta de alcohol será hasta las 4.30 de la mañana y la música deberá apagarse a las 5.30. Dentro de este paquete, también se incluye el cierre de alter hour, es decir, boliches que funcionan de las 6 de la mañana para aquellos jóvenes que desean continuar divirtiéndose. Ahora ¿Cambiará esto la situación?

La propuesta dada por Scioli, suponía estar previamente hablada con los comerciantes de la Provincia, pero ahora, surgen conflictos: hubo algunas marchas en la Capital, pero esta limitación a los horarios pondría en riesgo los negocios. “Si a los controles, no a la restricción” es lo que los comerciantes proponen. Sin embargo, a pesar de las innumerables inspecciones, que no se saben si realmente son realizadas, la mayoría terminan siendo cerradas con algún soborno. Como todo joven, no apoyaría esta ley porque afectaría lo que a mi me gusta hacer; pero si uno se pone del otro lado, lo mira desde un lado un poco más maduro, diría que si la ley tomara otras medidas y se encaminara mejor, podría tener verdadero éxito. De todas formas, si cerraran los locales con anticipación, muchos jóvenes quedarían a la deriva como vagabundos porque hasta entradas las 6 de la mañana no pasan colectivos por las calles de Provincia, lo que provocaría jóvenes deambulando sin rumbo alguno. ¿Cambiaría entonces esta ley la situación que estamos viviendo? ¿Bajaría la cantidad de intoxicados y de accidentes? Los jóvenes tienen acceso al alcohol con mucha facilidad, con solo ir al kiosco del barrio consiguen bebidas alcohólicas, siendo menores, por lo que, estarían ebrios en los locales bailables. Además, la diferencia de horario entre el cierre de las barras y el cierre de los locales es de una hora, y en una hora, el efecto de alcohol no disminuye, sino que se empeora. “El lugar más inseguro es la calle y el gobierno los quiere mandar ahí” planteó Aníbal Mathis, presidente de la Asociación Bonaerense de Empresarios de Confiterías Bailables (ABECBA). Otro de los problemas que esta ley traería con si, es que muchos jóvenes optarían por los locales bailables de la Capital y por ende, los de Provincia perderían clientes y sus ingresos disminuirían por lo que, muchas personas perderían sus trabajos.

Nota de opinión del año 2009. Escrito para la materia de lengua. Es el borrador numero 1 del trabajo, no encuentro el original, capaz haya quedado éste o haya algo más, no lo recuerdo.


Una mañana me desperté y sentía un dolor horrible en mi vientre. No entendía porqué, pero era un dolor muy profundo y punzante. Me levanté de la cama como pude, aguantándome el dolor y sin mostrar en mi rostro que algo me pasaba salí de mi habitación. No quería que mi mamá se diera cuenta que algo pasaba, porque se preocupaba demasiado por todo. Y no necesitaba que se preocupara hoy por mí.

- Hola hija ¿Cómo estás? – me preguntó ella.

- Bien má, gracias – contesté y me fui a preparar para ir al colegio.

Cuando llegué al colegio todavía seguían los dolores horribles y hasta también me sentía mareada. “Algo de lo que comí anoche me deba haber caído mal” pensé por el incesante dolor.

Antes de empezar la primera clase de la mañana, cuando estábamos izando la bandera en el patio del colegio, sentí unas ganas enormes de vomitar. Me excusé lo más rápido con el preceptor diciéndole que me sentía muy mal. Cuando llegué al baño, sucedió. Vomité.

A la otra mañana, y a la siguiente y a la siguiente, el dolor y los vómitos continuaban. ¿Qué me estaba pasando? Decidí hablar con Luli, mi mejor amiga.

- ¿No estarás embarazada, no? – me preguntó ella.

La miré sorprendida. “No puede ser posible” pensé, aunque sabía que sí podía serlo. Suspiré y evité su mirada.

- Cami, ¿no es posible, no? – insistió al ver que yo nada contestaba.

Empecé a llorar y ella recibió su respuesta con eso.

- Tenés que ir al médico – me ordenó levantándose del sillón de su casa donde estábamos las dos sentadas.

- No puedo, ¿Qué voy a hacer? – Sollocé – Diego no va a querer saber nada - empecé a llorar más fuerte y me tapé la cara con ambas manos – Él… me va… a dejar.

Diego y yo estábamos juntos desde hace 4 meses solamente, y no nos iba a hacer bien que yo estuviera embarazada. ¿Qué había hecho para merecerme esto?

- Cami, tranqui… todo va a estar bien – quiso tranquilizarme – Tenés que ir al médico, de verdad.

Yo sabía que todo el mundo decía que todo iba a estar bien nada más para que intentes tranquilizarte aunque no pensaran realmente que así iba a ser. Es decir ¡Tenia 17 años! ¿Qué iba a estar bien?

- ¿Querés que te acompañe? – me preguntó.

- No, hay cosas que debo hacer sola – le contesté.

- Esta bien. Cuidate – me dijo.

Y sentí como Luli me abrazaba fuertemente, dándome a entender que no importaba lo que pasara, ella iba a estar conmigo, apoyándome.



El diálogo que está en verde es el diálogo que teníamos para después escribir un cuento. Ésto salió. Producción literaria, año 2010.

Peligrosa seducción


Era un romance de verano bello,

que terminaría en una traición lastimosa,

borrando la noche joven y calurosa.

Los colores del arco iris ya perdiéndose iban,

de todas maneras, su taconeo femenino al bailar

tal como el ruido del mar, lograba tranquilizar.

Su pequeño vestido seductor,

las miradas que sagazmente se cruzaban,

con un movimiento pasional, casi devastaban.


Después de escuchar una melodía, teníamos que escribir diez palabras y con éstas escribir una poesía. Que ciertamente, no es lo mío. No me gusta. Escrito para prod. Literaria. AÑO 2010

Ernesto y la fábrica de kiwis


Ernesto era un tipo copado. Debería tener más de 80 años ahora, porque aunque nunca me dijo con exactitud su edad, sé que estuvo en la Segunda Guerra Mundial, ése es un buen dato. Siempre nos hablaba de la guerra, él era joven dice, muy joven. Y sin embargo tuvo que estar en la guerra. Porque su padre era General, y era la obligación de Ernesto, de estar en la guerra.

Él era polaco. Su nombre no lo dice, porque su madre es argentina. Pero nació allá, en Varsovia. Seguro te preguntarás que hago hablando de un anciano de 80 años ¿No?

Bueno, Ernesto era especial. Desde que mis hermanos y yo somos chiquitos, que nos escapábamos de casa para estar un rato en la calle con nuestros amigos, que vamos a la casa de Ernesto. Eso fue hace como 20 años atrás, cuando éramos chiquitos.

Ernesto nunca quiso contarme de qué trabajaba. Siempre cuando lo visitábamos, además de darnos montañas de dulces, me contestaba: Juan, deja de preocuparte por mi trabajo, solamente… tengo una fábrica de kiwis. Y yo le sonreía. Porque me lo creía. Es decir, hoy por hoy, no es creíble. ¿Quién se creería que dentro de su casa alguien podría tener una fábrica de kiwis? Además ¿Con qué fin si no vendía frutas?

Pero tengo que confesarles algo: es cierto. Hace unas semanas que volví a mi barrio de la infancia, a recorrer las calles que me hicieron recordar infinidades de cosas que creía haber olvidado. Es más, cuando mi hermano y yo, escribimos nuestros nombres en el cemento húmedo del arreglo de la calle de nuestra casa, todavía estaban ahí. “Juan ´90” y “Diego `90”.

Ahí fue cuando recordé la casa de Ernesto, seguía igual que siempre. Con ese color amarillo pastel del frente, y todo de madera. Al parecer, continuaba manteniendo bien su casa. Me acerqué a tocar el timbre, y me entró una duda: ¿Seguirá viviendo? ¿Seguirá viviendo acá? Sin embargo, alguien ya había abierto la puerta. Era una muchacha, diría yo de unos cuantos años menos que yo. Me miró confundida, y yo a ella.

- ¿Ernesto no vive más acá? – le pregunté, aunque capaz, la chica no tenía ni idea de quien era Ernesto.

- No, mi padre falleció hace unos años – me dijo ella. ¿Padre?

- No sabía que Ernesto tenía una hija… -

Ella se encogió de hombros. Ahí me di cuenta, que por su edad, Ernesto debía de haber tenido a esta muchacha, tiempo después de que yo me mudara. Porque sino, la recordaría.

- Bueno ¿Y quién sos? – me preguntó ella recargándose sobre la puerta. Yo me había quedado pensando.

- Mi nombre es Juan, cuando era un nene jugaba con tu padre.

- Veni, pasa… - me dijo invitándome a su casa.

La casa de Ernesto estaba muy cambiada. Ya no era la misma. Se notaba que esta chica había cambiado todo. Una lástima, siempre la casa de Ernesto me había gustado. Sonreí al ver unas cuántas fotos de él por toda la casa. No encontré foto ninguna de alguna mujer, que pudiera decirse que era la madre de esta chica.

- Mi padre murió, por decisión propia – me empezó a contar ella – No, no se suicidó – me dijo cuando vio mi rostro de preocupación - ¿Nunca te contó? – frunció el cejo y yo lo miré confundida – Lo de su fábrica…

Yo intenté recordar y entender de qué me hablaba la chica, pero no lo entendía. Luego, lancé una carcajada.

- ¿La de kiwis? – y ella asintió entusiasmada – Si, pero ¿qué tiene que ver?

- Bueno, no era una simple fábrica de kiwis… - empezó a contarme mientras abría una puerta de una habitación que yo siempre había visto, pero nunca había entrado – Esta maquina, genera vida humana… tanto como la destruye.

Ella se dio vuelta y notó en mi rostro la desorientación total, estaba diciéndome cosas descabelladas.

- Así nací yo – señaló la máquina, y luego fue a buscar una gran cantidad de papeles amarillos ya por la antigüedad y me los mostró.

Eran bocetos de un bebé e instrucciones de cómo crearlo.

- ¿Eres producto de una máquina? – la miré trastornado, y ella simplemente asintió.

Seguí observando los papeles, y vi que había uno llamado Mortis Lenis, que nunca supe que significaba, pero que tenía anagramas de un hombre muerto.

¿Podía ser todo esto cierto?

- No, esto no puede ser cierto – empecé a reírme – Que chistosa que sos, ¿Cómo puede existir algo así? – negué con la cabeza y le devolví los papeles.

Empecé a caminar a la salida principal, puesto que esta tontería ya me parecía demasiado, ya estaba grande para seguir con mentiras de fábricas de kiwis y regeneración y destrucción de humanos.

- Juan, espera, es totalmente cierto… - me dijo ella mientras me seguía - ¡Espera! Ya lo recuerdo… - dijo ella de golpe – Él dejó algo para ti.

Me frené en ese instante y me giré a verla, la chica entró a otra habitación y salió con un sobre en la mano y me lo dejó.

- Léela, algo debe explicarte él aquí… si me crees, vuelve – me dijo mientras habría la puerta.

Y hoy, estoy, nuevamente sentado a su lado. En la carta Ernesto, con sus sabias palabras me explicaba el funcionamiento de esta máquina, y me otorgaba también el derecho de presentarla como mía. Él ya había probado como crear y como destruir personas. Ahora era mi trabajo difundir el funcionamiento de esta fábrica de kiwis.

Un compañero de producción literaria, dio papelitos con títulos para hacer un cuento. A mi me salió éste "Ernesto y la fábrica de kiwis". Se suponía que debería haber salido algo gracioso -o así lo quería mi compañero- pero más bien lo mío es fantástico, ciencia ficción, no se como calificarlo.

Año 2010

Inentendible



Calor. Mucho calor. Abro los ojos porque estoy demasiado transpirada. Me levanto. Gritos. Rugidos. ¿Qué esta pasando?

- Mama, mama – empiezo a llamar saliendo de mi habitación.

No había nadie.

- ¿Papá? ¿Sebi? – seguí preguntando.

Nadie. ¿Me habían dejado sola? ¿Se habían olvidado de mí?

Abrí la puerta de entrada, y mi entorno me asusto. Los árboles estaban encendidos, fuego por todos lados. No había gente en las afueras. ¿Entonces, qué eran esos gritos? Miré a la derecha y había dinosaurios. ¿Dinosaurios? Es imposible. Ya no existen. ¿Qué está pasando?

Miré nuevamente a mi casa, pero no era mi casa. ¿Dónde estaba?

¿Dónde esta mamá, papá y Sebas? ¿Se habían escapado y se habían olvidado de que yo también estaba?

Tenía miedo, mucho miedo. Quería correr, lejos. Pero no podía. Algo me lo impedía. A lo lejos divisaba ahora unas tres personas. Eran ellos, eran mi familia. Quise empezar a correr, pero nuevamente algo me frenaba. Quería llegar a ellos, pero no podía. Y ellos empezaban a alejarse. Gritaba sus nombres. Pero no gritaba. No tenía voz. Ellos no me escuchaban; y de repente…



Producción literaria, año 2010. Teníamos que escribir un sueño que hayamos tenido, o inventarlo. Esto es un mix de dos sueños que tuve reiteradas veces en mi infancia.