
Él y yo. Bueno, en realidad, yo y él. Nunca fuimos nosotros. Siempre fui yo, pero detrás de él. ¿Podía eso llamarse una relación? Siempre yo corriendo detrás de él, satisfaciendo sus necesidades (mayormente sexuales). Siempre yo, la tonta e ilusa que lo seguía.
Estaba enamorada. Mi corazón le pertenecía, aunque él no deseaba ser el dueño. Mi corazón estaba junto a él andando, y él no se daba cuenta. A él le gustaba jugar, manosearlo, usarlo, aplastarlo, destrozarlo.
¿Cómo podía alguien ser tan cruel? ¿Es que no se daba cuenta de la persona que tenia a su lado? Él solo jugaba, él solo se divertía. Su risa, su sonrisa. Por Dios, eran tan hermosas. Pero tan crueles. Su risa parecía macabra a veces, pero aún así, lo amaba. Era tan jodidamente egocéntrico, que eso me hacía amarlo más aún.
No amaba a nadie más que a sí mismo, aunque muchas veces me haya dicho que me amaba. Eran puras mentiras. Él no amaba a nadie más que no sea él. Su cuerpo, su cuerpo era tan jodidamente perfecto. ¿Por qué? ¿Es que no podía tener algún defecto? Claro, para los demás tenía muchas imperfecciones, pero para mí, él era un Dios. A pesar de que jugara conmigo, yo siempre buscaba una explicación para ello: “Solamente está confundido” “Él no quiso hacer eso realmente” Me engañaba a mi misma.
Buscaba excusas para MIS acciones. Puesto que él no me obligaba a nada. Él no me obligaba a seguirlo, a amarlo. Pero sin embargo, siempre me llamaba.
Él decía no amarme, pero no podía separarse de mí. Decía no querer nada conmigo, pero sin embargo, sé que cuando rozábamos nuestros cuerpos en un encuentro íntimo y único, él se estremecía también.
No podía encontrarle un nombre. Porque siempre que buscaba alguna explicación a lo nuestro, solo obtenía respuestas frías e inconclusas. Nunca entendí qué fue lo que le pasaba conmigo, porque nunca me lo aclaró.
Simplemente, pasábamos día tras día juntos como si fuéramos una pareja; pero no llevábamos ese nombre. Solamente: “salíamos”. Claramente, eso no le daba la opción para acostarse con cualquiera, y sin embargo, lo hacía. Aunque sabia que eso rompía mi corazón, él lo hacia. Se acostaba con otras mujeres, y me lo decía. “Quiero ser sincero con vos” Era la forma en la que se excusaba, pero yo sabía que bien le gustaba verme sufrir. “Si querés ser sincero, deja de engañarme” le contestaba yo.
En esos momentos, era en los que una pizca de esperanza crecía en mí al ver como intentaba retenerme. “Quiero estar con vos; pero también necesito de otras mujeres” Maldito. Era un maldito dictador. Era el dictador de mi corazón, y las cosas se hacían como él quería. No porque él me obligara, repito. Sino porque yo así lo quería.
Sin importarme nada, sin importarme que él no me diera nada a cambio más que poder sentirme unos instantes en sus brazos, sentirme amada aunque no lo era.
Pero un día todo cambió. Él me cambió. Él se fue. Él se enamoró. ¿Por qué no pasó conmigo? ¿Por qué fue de otra? ¿Qué tenía ella que yo no? ¿Por qué se iba?
Si como yo, nadie lo iba a amar.
Si como yo, nadie lo ama.
Escrito por motus propia. Año 2010.
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